Español: María, un ejemplo de fe y maternidad

Por Lupe Garcia, LPC-S, LMFT-S

Columnista

La maternidad es una hermosa bendición, pero ciertamente tiene sus retos. Así se trate una mujer que es madre de uno o de siete, de una madre adoptiva, de una madre de hogar sustituto, de una madre soltera, de una madrina o de una mujer que aspira a ser mamá, ninguna está sola en su viaje. Hay otras mujeres involucradas en esta montaña rusa de emociones que van desde la alegría pura y la frustración, hasta el cansancio más grande. Apren-demos unas de otras, nos alentamos unas a otras y nos identificamos unas con otras. Podemos también recibir gran consuelo en los brazos de nuestra Bendita Madre, María. Ella es el modelo perfecto para cada uno de nosotras como mujeres, sin importar en qué momento estamos de nuestras vidas o cuáles son las circunstancias que nos rodean. Ella es nuestro refugio y nuestra defensa y nos enseña sobre la fe y sobre estar abiertos al plan divino de Dios.

Hay una preocupación natural que acompaña a la enorme responsabilidad de la maternidad. Tememos a lo desconocido, dudamos de nosotras mismas y no estamos seguras de si estamos "listas". De cualquier manera, la maternidad no tiene que ser preocupante si dejamos de tratar de controlar cada situación y ponemos nuestra confianza en Dios. María demostró su valor y su fe en Dios cuando se abrió a la voluntad de Dios. El suyo fue un embarazo no convencional que tuvo grandes consecuencias en su vida, y aún así, ella lo aceptó con un corazón abierto.

Aceptar la voluntad de Dios cuando ésta no es lo que habíamos planeado es muy difícil. No importa cómo vengan los niños a nuestras vidas, tenemos que confiar en que Dios tiene un plan para nosotros y para
ellos. Tal vez una pareja no está en la mejor situación financiera para tener un niño. Tal vez una mujer no está casada y no tiene idea de cómo se mantendrá a sí misma y al niño. A veces los niños vienen en paquete como familia heredada instantáneamente cuando un hermano muere. Como María, debemos recordar que Dios tiene un plan y que necesitamos confiar en ese plan y en Él.

Todos tenemos esperanzas y sueños para nuestros hijos, hermanos, sobrinas y sobrinos, ahijados y nietos. Es ciertamente necesario que apoye-mos a nuestros niños, pero al mismo tiempo les fijemos límites. También hay momentos en que debemos darles la oportunidad de crecer como las personas que son y de establecer sus propias relaciones. Llega un momento en que tenemos que dejarlos pensar por ellos mismos y tomar sus propias decisiones. Podemos asumir que María tuvo, al menos, un pequeño deseo de que su hijo fuera un carpintero normal y no tuviera que sufrir y dar su vida por nosotros. De cualquier manera, ella tuvo el valor para ponerlo a Él y a otros antes que sus propios deseos. Cuan-do llegó su tiempo, se quitó del camino y dejó a Jesús trabajar en su ministerio público. María nos enseña a todos a ser amorosos y compasivos, pero también nos da un ejemplo de cómo desprenderse por amor.

La lección más difícil y esencial que María nos enseña es su disposición para aceptar el sufrimiento. Desde el principio de su abierto "sí" a Dios, ella se preparó para lo que pudiese venir. Esto es indudablemente más fácil de decir que de hacer para cualquiera, pero ella nos enseñó que es posible atravesar la agonía y aún así permanecer fiel. Hay pocas cosas en el mundo más dolorosas que perder un hijo o ver a nuestro hijo sufrir. Este tipo de dolor es tan personal que a veces el solo compartir la experiencia con otros que están pasando por ello, no nos consuela.

María madre ejemplificó la fuerza y el valor que se requiere para seguir adelante con el corazón roto confiando en la misericordia de Dios y en la ayuda de otros. María estuvo con Jesús al pie de la cruz y se rodeó de los discípulos mientras trataba de entender la pasión de Cristo, su muerte y resurrección. En ese tiempo de confusión y aflicción, ella se apoyó en su familia y amigos – José, María Magdalena, los discípulos a quienes ella veía como sus hijos. Cuando sufrimos un dolor tan inmenso en nuestras vidas y estamos tentados a aislarnos, debemos recordar voltear hacia nuestros seres queridos y dejarlos ayudarnos a lidiar con nuestro dolor, tal como María lo hizo después de la muerte de Jesús.

En este mes de mayo, oremos para que seamos como nuestra madre María, epítome de la maternidad. Que profundicemos en el Evangelio y aprendamos más sobre María y su sagrada maternidad hacia Jesús y la iglesia. Que siempre volteemos hacia ella para recibir su consuelo en nuestro viaje como mujeres y madres de fe.

Lupe García es una consejera certificada y directora de la Oficina Diocesana de la Vida Familiar y Consejería Familiar. Se le puede llamar a (512) 949-2495 o lupe-garcia@austindiocese.org.

 

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