Asuntos Sociales: Podemos reformar nuestras leyes migratorias

Por Bárbara Budde
Columnista

Recientemente escuché la historia de Manuel. Él vino a los Estados Unidos cuando tenía 9 años, fue a la escuela, aprendió inglés, se volvió habilidoso en el negocio de la construcción, conoció y se casó con su esposa Juanita y proveyó para su familia, incluidos sus dos niños. Manuel era un buen esposo y padre, respetaba la ley, era un ciudadano que pagaba impuestos y un modelo en la comunidad. De cualquier manera, fue citado por una luz trasera rota y cuando fue a pagar la multa de $75, fue detenido por El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (U.S. Immigration and Customs Enforcement, o ICE por sus siglas en ingles) por no tener documentación adecuada. ICE le dió la opción de pelear la detención y deportación, en cuyo caso, le aseguraron que también detendrían a su esposa, lo cual dejaría a los niños bajo el cuidado del estado, o podría calladamente ser deportado a México. Como en la película “La opción de Sofía” de hace varias décadas, Manuel se enfrentó con una decisión imposible, abandonar a su familia o causar que sus niños estuvieran sin padres en su propio país- el país que él mismo había llegado a ver como suyo propio.
La historia de Manuel es una razón entre muchas por las que nuestro país necesita una reforma migratoria integral. En la editorial de Abril, el Obispo Vásquez escribió, “Creemos que cada persona está creada a imagen y semejanza de Dios; por lo tanto, tenemos que hablar cuando existe una afrenta a la dignidad humana, cuando existe tráfico de personas y cuando las familias son destruidas por que están forzadamente separadas por cientos de millas“.
He escuchado muchos argumentos sobre porqué no debemos reformar nuestro sistema migratorio, pero la mayoría de ellos parecen estar enraizados en el miedo. Tenemos miedo de que los inmigrantes van a ocupar demasiados trabajos, o a bajar el salario mínimo; tenemos miedo de que nuestra cultura y lenguaje sean drásticamente cambiados; tenemos miedo de una “amnistía”; tenemos miedo de criminales y terroristas. La verdad es que una reforma integral se ocupa de esos temas: mi-llones ya están aquí y trabajando y beneficiando nuestra sociedad, y el legalizar a estos trabajadores beneficiará nuestra economía aún más; los inmigrantes asimilan la cultura en una generación y enriquecen nuestra cultura; la reforma no es la amnistía, pero una ganada ciudadanía que será larga y ardua; un sistema reformado nos ayudará a mantener un seguimiento de aquellos que están llegando a nuestro país.
De cualquier manera, estos argumentos no son los más importantes. ¡La verdad es que necesitamos apoyar una reforma migratoria integral por que somos gente del Reino de Dios! En Agosto escuchamos a Jesús decir a sus discípulos, “No teman más, mi rebaño, ya que su Padre se complace en darles el Reino“. (Lc 12:32) Nosotros somos la gente de Dios llena de la gracia de Dios para revelar el tipo de comunidad que puede existir cuando estamos abiertos a la gracia y al amor de Dios. Esta es una comunidad que no vive con miedo, sino que da la bienvenida al extranjero, alimenta al hambriento, arropa al desnudo y cuida al enfermo y al encarcelado.
Podemos escoger el dejar que la política y los politicos nos definan, o podemos dejar que nuestro bautizo y nuestra fe nos definan. De ser así, diremos a los politicos, que trabajan para nosotros, que queremos ser una comunidad de luz y de fe, una comunidad que no forzará a padres como Manuel a ser deportados, sino que lo ayudará a él y a millones de hermanos que viven y triunfan en este gran país nuestro.
Los obispos de Estados Unidos tienen un sitio web, www.justiceforimmigrants.org donde podemos firmar una tarjeta postal para enviarla a nuestros Representantes en el Congreso y Senadores. Hay información detallada sobre las reformas que los obispos recomiendan e información sobre la reforma migratoria, no desde el punto de vista de un politico, sino desde la perspectiva de nuestra fe. Juntos, podemos actuar como gente de fe y reformar nuestras leyes migratorias de manera que actuén de acuerdo a los valores de nuestra fe.

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