Sacerdote Colombiano llega a Texas a través de Kenia

Antes de venir a la Diócesis de Austin en el 2000, el Padre Víctor Mayorga sirvió como sacerdote misionero en África. (Foto cortesía del Padre Mayorga)

Por Amy Moraczewski
Corresponsal

Como pastor de la parroquia de St. John the Evangelist en San Marcos, el Padre Víctor Mayorga se encuentra lejos de casa. Nacido dentro de una familia de ocho hijos en un pequeño pueblo cerca de las montañas en Colombia, él nunca se imaginó a si mismo como un sacerdote en los Estados Unidos. Mientras que pensaba que su futuro podría involucrar una carrera en negocios o en la academia, Dios tenía otros planes.
El Padre Mayorga fue recientemente nombrado director espiritual de los Grupos de la Renovación Carismática Católica Hispana. Él dice que identificó por primera vez su llamado al sacerdocio mientras participaba en un grupo de oración carismático durante su último año de preparatoria. Así que tiene sentido que ahora sea líder de estos 27 grupos a lo largo de la diócesis.
El Padre Mayorga asistió al seminario de los Misioneros de Yarumal en  Colombia, donde pasó por pruebas físicas y espirituales. Soportando constantes problemas de salud como seminarista, empezó a dudar de su habilidad para convertirse en sacerdote si continuaba sintiéndose enfermo constantemente. Sin embargo, un compañero seminarista intervino para recordarle qué tan bendecidos estaban de recibir tantos cuidados en el seminario, mientras que otros sufrían terribles enfermedades sin recibir tales cuidados.
Los retos espirituales que enfrentó, en contraste, pusieron no solo su llamado al sacerdocio a prueba, sino su fe entera. Como parte de sus estudios de filosofía, los seminaristas examinaron ateísmo. Al crecer en una devota casa Católica, él aceptó su fe inocentemente sin cuestionarla. Por primera vez, como un adulto joven  la vio desde una perspectiva diferente, una que puso a su fe en duda y le causó un estrés extremo. Finalmente, sin embargo, el entender la filosofía del ateísmo fortaleció su fe, mientras se movía más allá del campo de la aceptación inocente hacia la intencionalidad educada.
Después de sobrepasar estos obstáculos para alcanzar la ordenación, el Padre Mayorga fue enviado a Kenia para realizar su primera encomienda como un sacerdote misionero. En los tres años que pasó ahí,  se vio expuesto a la muerte de  manera más extrema que en toda su vida. El 7 de agosto de 1998, fue testigo del bombazo de la embajada de Estados Unidos en el que cientos de personas perdieron sus vidas.
Cuatro meses más tarde, estuvo a punto de perder su propia vida. En medio de asuntos políticos entre tribus, surgió una guerra en la misión africana en la que él servía. El padre Mayorga estaba atrapado en medio de la violencia, junto con otros dos sacerdotes. Sin forma de escapar, comenzaron a confrontar la posibilidad muy real de que iban a morir. Eso fue hasta que dos hombres, un Animista y un Musulmán los descubrieron y los guiaron a través del desierto hacia un lugar seguro.
“Para mí, ese fue Dios enviando a sus ángeles a resca-tarnos,” Dijo el Padre Mayorga.
Después de cinco años como misionero, el Padre Ma-yorga fue elegible para solicitar una encomienda permanente y se reubicó en los Estados Unidos, el Obispo John McCarthy le dio la bienvenida a la Diócesis de Austin como pastor asociado en la Parroquia de St. Helen en Georgetown. Después de tres años bajo el tutelaje del Padre Michael Mulvey, ahora obispo de Corpus Christi, el Padre Mayorga se mudó a la Parroquia de St. Louis en Austin para servir bajo el Padre Larry Covington. También sirvió en la Parroquia del Inmaculado Corazón de María en Martindale y en la Parroquia de St. Michael en Uhland antes de ser nombrado pastor de St. John the Evangelist en San Marcos hace cuatro años.
El Padre Mayorga se mantiene bastante ocupado como el pastor de más de 1,100 familias. A pesar de que al principio pue-de parecer un hombre tímido, el compartir la vida y los mi-nisterios de sus parroquianos claramente inyecta energía en su espíritu. Él trata de nunca perderse una invitación a cenar o una petición de estar al lado de la cama de algún enfermo. A través de este sacramento de la unción de los enfermos, y del sacramento de la reconciliación, él es un vívido testigo del poder sanador de Dios. El Padre Ma-yorga siente que su lazo con los parroquianos se fortalece cada vez que ellos se acercan a la confesión.
“Podemos sentir el poder sanador de Nuestro Señor y compartir cómo el Espíritu Santo está en nuestras vidas”. Dijo.
Además de estos encuentros personales con individuos, el Padre Mayorga se conecta con la amplia comunidad parroquial a través de una amplia gama de ministerios y eventos, incluidas dos fiestas anuales, una llevada a cabo en St. John the Evangelist y la otra en Nuestra Señora de Guadalupe, Capilla Misionera asociada a la parroquia. El Padre Mayorga reinstauró la fiesta hace tres años, después de un espacio de 20 años, designando todas las ganancias al beneficio de la Capilla de Nuestra Señora de Guadalupe. Hasta ahora, los fondos de esta fiesta les han permitido construir un nuevo altar, una sacristía y un cuarto para familias con niños (cry room en inglés).  
Cuando no puede estar con sus parroquianos en persona, el Padre Mayorga llega a ellos a través de la palabra escrita. Sus “Reflexiones sobre los hombres y mujeres de fe” semanales son publicadas en el sitio web de la parroquia. Comenzando en el “Año de la fe” con figuras del Viejo Testamento, sus escritos han continuado desde entonces hacia el Nuevo Testamento.
El Padre Mayorga se ha integrado claramente a la comunidad de San Marcos, un lugar que es ahora su hogar. Lejos de su hogar de la infancia, él retiene un poco de sus raíces cocinando comida colombiana y viendo el futbol. También  viaja a Colombia anualmente a visitar a su familia, inclu-
yendo a un hermano que es un sacerdote diocesano allá y a otro hermano que es un seminarista y misionero. Cuando está en su tierra, le encanta visitar el cercano Cañón Chicamocha, un cañón entre dos montañas con un teleférico conectando las montañas.
Pero cuando las vacaciones se terminan, es hora de dejar las ovejas de las montañas y de regresar a pastorear su rebaño en Texas. Aunque él puede que nunca se haya imaginado su vida aquí, el Padre Mayorga confió en la vo-luntad de Dios para superar sus dudas mientras que era li-teralmente guiado hacia afuera del desierto para proclamar la Buena Nueva.

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