Reflexión Espiritual: Estamos llamados a la confesión y a la misericordia, no a la vergüenza

Por el Padre Charlie Garza
Columnista Invitado

El sacramento de la confesión fue una vez un sacramento que me daba mucho miedo. De hecho, hubo un periodo de mi vida en el que yo no quise acercarme a la confesión por algunos años. Yo mismo puse excusas que minimizaban el poder de la misericordia de Dios. También minimicé mi necesidad de la misericordia de Dios. Cuando finalmente volví a la confesión, me sorprendió qué recepción tan misericordiosa tuve por parte del sacerdote y de Dios.
Este encuentro con la misericordia de Dios transformó mi entendimiento de este sacramento y el escuchar confesiones como sacerdote solo ha profundizado la transformación. Comencé a entender cómo mi miedo venía de la vergüenza y de una falta de entendimiento sobre quién soy en relación a Dios.
En el sacramento de la confesión, hacemos un acto de contrición – no un acto de vergüenza. La vergüenza se presenta cuando tenemos miedo de sacar algo a la luz, así que lo escon-demos. Una vez traté de esconder mis pecados de Dios y de mí mismo. La contrición es cuando reconocemos que hemos hecho algo mal y deseamos que sea perdonado a la luz de Dios. Dios nos ama y somos sus hijos amados. Cuando nos entendemos a nosotros mismos en relación a Dios entonces no tememos más la confesión sino que la deseamos. Un niño que sabe que es amado, quiere correr a su Padre, no esconderse de él.
La misericordia se trata del convenio de la amabilidad amorosa de Dios. En el bautismo fuimos conducidos a este convenio de la amabilidad amorosa de Dios y experimentamos la misericordia de Dios por la primera vez. Tal como Jesús fue llamado muy amado por Dios en su bautismo (Lc, 3:22), así nosotros recibimos nuestra identidad como muy amados en nuestro bautismo. La confesión es un sacramento en el que Dios desea ayudarnos a recordar nuestra identidad como amados. Mi momento favorito cuando escucho confesiones es ver la misericordia de Dios limpiar a alguien y la manera en que son transformados cuando la absolución o el perdón de Dios es administrado.
La misericordia está conectada a las cuatro partes del sacramento a través de la contrición, la confesión, la penitencia y la absolución. Debemos primero ser contritos o sentirnos tristes por nuestros pecados y desear la misericordia de Dios. Entonces, necesitamos llevar esos pecados a la luz al confesarlos o mencionarlos. La penitencia es una manera de cooperar con la misericordia de Dios  y permitir a Dios que nos sane a través de esa medicina espiritual. La absolución es el momento en el que la misericordia de Dios nos limpia y somos reconciliados con Dios.
Como un pecador que está entristecido por sus pecados, me confieso y experimento estos cuatro pasos. Deseo prepararme a mí mismo para la misericordia de Dios cuando exa-mino mi conciencia para ver dónde he pecado y he olvidado mi relación a Dios. En contrición, me veo a mí mismo como un hijo amado que está entristecido por sus pecados. Cuando confieso o menciono mis pecados entonces comienzo a abrir mi corazón para recibir el amor de Dios y recuerdo quien soy para Dios. Cada penitencia no es sólo una manera en la que trato de enmendar mis pecados sino donde deseo la medicina espiritual de Dios para sanar mis heridas para ser menos propenso a pecar otra vez. Ha habido momentos durante la absolución en los que me siento tan lleno del amor de Dios que he terminado en lágrimas.
Como un sacerdote, cuando escucho confesiones, también experimento estos cuatro pasos. Oro por que aquellos que están confesando sus pecados no caigan en la vergüenza y escondan sus pecados sino deseen llevar cada pecado a la luz de la mirada de Dios Es un privilegio íntimo tal, el escuchar a la gente mencionar aquellos pecados que puede que nunca hayan dicho en voz alta. Mientras escucho a alguien confesar sus pecados, oro por la gracia para saber qué receta o medicina espiritual Dios desea darles. Me gusta considerarme a mí mismo como el farmacéutico que no escribe la receta (Dios lo hace) pero la surte. Entonces, cuando oro las palabras de absolución, lloro con frecuencia con el penitente mientras soy testigo de ese encuentro con el amor de Dios.
En este año de la Misericordia, por favor acérquese a la confesión y no tenga miedo del sacerdote. Nosotros conocemos ambas cosas, lo que es recibir la misericordia de Dios y ser un instrumento de la misericordia. Queremos que tenga el mismo encuentro con la misericordia de Dios que nosotros tenemos y sea transformado.
El Padre Charlie Garza es pastor de la Parroquia de St. Martin de Porres en Dripping Springs.