Restaurando la dignidad, la compasión por toda la gente de Dios

Por Dekarlos Blackmon
Columnista

Cuando extendía la Semana de la Historia Negra a el Mes de la Historia Negra, el Presidente Gerald Ford acertadamente declaró, “la li-bertad y el reconocimiento de los derechos individuales son aquello de lo que se trata una Revolución. Esos son ideales que inspiraron nuestra lucha por la independencia: hemos luchado por vivir de acuerdo a esos ideales desde entonces. Aún así, tomó muchos años antes de que los ideales se convirtieran en una realidad para los ciudadanos negros”. Y así, en 2017, es apropiado que recordemos y conside-remos no sólo las vidas y el trabajo de aquellos ciudadanos negros sobre los que el Presidente Ford hablaba, sino también las vidas y el trabajo de cada inmigrante, cada persona humana en nuestra patria.
El amor por Dios y por nuestro prójimo, la doble regla establecida por Cristo, es un enraizado principio director que debe gobernar la conducta de nuestras vidas cada día. Más y más parece que el secularismo y la política atentan competir con nuestra castidad a través de las noticias difundidas, los medios sociales e incluso la gente con quien trabajamos y oramos diaria y semanalmente. Entre todo lo que se permea en nuestra nación y comunidades, mientras que la dignidad y la compasión por el ser humano se ven comprometidas por algunos de nosotros “personas que vamos a la iglesia,” debemos preguntarnos: ¿Cómo estamos expresando nuestro amor por Dios, y cómo estamos poniendo nuestro amor por el prójimo en práctica?
La muy conocida parábola del Buen Samaritano presenta para nuestras vidas diarias la sucinta, pero completa descripción del verdadero discipulado en términos del amor por Dios y por el prójimo. La parábola es introducida por un maestro de la ley que pregunta a Jesús, “Maes-tro, ¿Qué debemos hacer para heredar la vida eterna?” Cuando Jesús pregunta al erudito sobre lo que está escrito en la ley, el erudito contesta citando una combinación de Deuteronomio 6:5 y Levítico 19:18, declarando “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con todo tu ser, con toda tu fuerza y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo”.  Jesús sonríe y contesta, “Has contestado correctamente; haz esto y vivirás” (Lc 10:28).
El maestro de la ley sigue preguntándole a Jesús qué constituye la identidad del prójimo  por que “prójimo” es un compatriota israelita en Levítico. Jesús, para evitar ser sobrepasado, comienza a decir la parábola para clarificar y explicar la prominencia del amor sobre el legalismo. En la parábola, mientras que un sa-cerdote y un Levita pasan junto a un hombre que ha sido víctima de un robo, un viajero samaritano- una persona de cuyo judaísmo se sospechaba- cuidaba de la víctima. Cuando Jesús preguntó al maestro de la ley quién de los tres era el prójimo de la víctima, el maes-tro de la ley respondió que era el que trató a la víctima de los asaltantes con misericordia (Lc 10:36-37).
Mientras continúan las batallas políticas sobre migración y control de la frontera, no olvidemos que Jesús nos recuerda a través de la parábola del Buen Samaritano que nuestro papel es el de ser un ejemplo vivo del cumplimiento del mandamiento del amor. La noción de “prójimo” no es meramente una cuestión de lazos de sangre o nacionalidad o comunión religiosa. Todos son nuestro prójimo. Como miembros bautizados de los fieles de Cristo, debemos ser serios sobre el reto que se nos ha dado de dar la “bienvenida al extranjero” (Dt 10:19; Lv19:34; Hb 13:1; Col 3:11; y Mt 25:35).
Que las actitudes Cristianas que demostramos hacia otros se conviertan en cómo la gente nos ve tratar a nuestro prójimo. Al cumplir la doble regla, el principio director enraizado del amor por Dios y por nuestro prójimo, que debe gobernar la conducta de nuestras vidas cada día, que nos convirtamos en faros de esperanza, misericordia y compasión para toda la gente de Dios. Que conti-nuemos viviendo y trabajando por el bienestar de todos los hijos de Dios a través de los grandes trabajos de caridad que ayudan a llevar el Reino de Dios a nuestro entorno ¡Que el mensaje del Evangelio continúe viviendo a través de cada uno de nosotros!